Por Patri Garcia Lepetit.

“Hum, ahora dos blancos que viajan a África a “enseñar” sobre conflictos, ¡vaya!”
Esto nos preguntábamos, medio riéndonos medio arrugados, con mi amigo y cofacilitador David cuando nos enteramos de que nuestra propuesta había sido seleccionada por una ONG inglesa y habíamos conseguido el trabajo: nos íbamos a República del Congo para facilitar allí un taller sobre transformación de conflictos para varias ONGs congoleñas. Para mí fue como un sueño porque, tras varios años de trabajar y vivir en África trabajando para ONGs, por fin conseguía integrar mis dos mundos: ¡la cooperación internacional y la CNV!

Fue una experiencia intensa que viví con ilusión, nervios, tristeza, cansancio y mucho agradecimiento. Mi intención con este texto es aportar un ejemplo de cómo la CNV puede contribuir al cambio organizacional y social incluso más allá de Europa, dar a conocer (un poquito) la situación de allí y compartir aprendizajes. Me anima a compartir eso que decía Marshall de que (me apropio un poco la frase) “lo que merece ser contado o hecho, lo merece incluso si es de manera imperfecta.” Allá voy. Lo primero: la selva del Congo es el segundo pulmón del planeta. También es el hogar de poblaciones autóctonas como los Pigmeos, que no tienen casi ningún derecho sobre la tierra. Hoy en día, esta selva está siendo muy dañada por explotaciones forestales y pueblos enteros de Pigmeos son expulsados de sus aldeas. Las personas asistentes al taller eran, pues, en su mayoría activistas congoleños que trabajan para reformar la política forestal del país y denunciar los abusos de las empresas madereras (tanto nacionales como europeas y asiáticas).

¿Y porqué la CNV allí? Además de querer aprender herramientas para mejorar sus capacidades de negociación con el gobierno y con las empresas madereras, varias de las organizaciones habían tenido conflictos dolorosos entre ellas y algunos solicitaron una formación para poder entender más cómo prevenir y gestionar los conflictos cuando aparecieran.
Algo crucial para mí para poder estar allí ha sido el trabajo que vengo haciendo desde hace un tiempo-muy inspirada por M. Kashtan y A. Mindell- sobre mi poder y privilegio. Al llevar varios años viviendo y trabajando en países empobrecidos, ha sido transformador para mí el ganar conciencia de cómo me relaciono con mi situación de privilegio como mujer blanca, europea, que ha tenido acceso a estudios, con un pasaporte que me permite una movilidad casi ilimitada, que no vive en un país en guerra, con acceso a agua corriente y electricidad, servicios de salud públicos, nutrición de calidad y un largo etcétera.

Así que yo me preguntaba: ¿cuál es mi intención profunda yendo allí? ¿Cómo puedo poner mi privilegio al servicio de este grupo de activistas y de su trabajo? ¿Cómo puedo alinearme con mis valores del “poder con” formando parte de una estructura y sistema de cooperación muy basado aún en el “poder sobre” (vamos contratados por una ONG europea que decide cómo y cuándo financia a una ONG africana, una muestra más del poder estructural del norte sobre el sur)? Y también: ¿cómo puedo trabajar por el cambio y a la vez cuidar de mi sostenibilidad económica?
Hacerme estas preguntas, ser consciente de mis privilegios sin sentirme culpable, ni negarlos sino estar con esa exploración continua de cuál podría ser la mejor manera de utilizarlos fue vital para mí. De esta manera, pude estar allí presente y conectada con ellas y ellos desde el corazón y confiar en que, desde la humildad, tenía algo que aportar. También para poder seguir haciendo este trabajo y para poder abrirme al dolor de las desigualdades abismales que hemos creado. Y, cómo no, la CNV me ayuda también a ser tierna conmigo misma cuando, ante este dolor, me pillo cerrándome en banda y decido retirarme un tiempo, o cuando reproduzco el paradigma de dominación-sumisión, utilizando mi poder para imponer mi “verdad” o colocándome por debajo y haciéndome pequeñita, que también me pasa.

Sonrío para dentro al acordarme de todo lo que pasó allí y que no me cabe aquí, entre post-its con necesidades, cortes de electricidad, arroz blanco, círculos de compartires, tensiones y tierra roja… Al final disfruté de un espacio que facilitamos donde ell@s mism@s pudieron identificar y nombrar sus conflictos y buscar algunas pistas de estrategias. Surgieron también sus propias dinámicas de poder y privilegio: ¿Quién y cómo se toman las decisiones en su grupo? ¿Cómo es que no había ningún Pigmeo participando en organizaciones que luchan por sus derechos? Yo, gracias al apoyo de David, pude dejar salir con enfado y tristeza una pregunta que estaba conmigo desde el principio de los talleres: ¿cómo es que de las 50 personas participantes tan sólo 7 eran mujeres cuando ellas, encargadas de las tareas de cultivar o recoger madera, tienen un rol vital en la conservación del bosque? Y escuché. Y fue bastante sanador para mí.

Otro de los momentos que se me han grabado sucedió cuando abrimos un círculo de expresión emocional para que pudieran salir a la luz voces diversas de cómo estaban viviendo su activismo y la situación de su selva y, tras algunas resistencias iniciales, se animaron a salir al centro y expresarse en su idioma, en lingala o kituba. David y yo también salimos a expresarnos. Eso no era nuevo para ellos, muchos ya estaban acostumbrados al m ́bongi, un ritual que consiste en que la comunidad se sienta en torno al fuego y los sabios de la aldea ayudan con los conflictos entre vecinos y matrimonios. Fue como devolverles su propia sabiduría. Y a la vez, esa vulnerabilidad en la que aceptaron entrar, expresando sentimientos de dolor y miedo que habían estado tapados mucho tiempo en esa cultura grupal activista que valoraba sobre todo la fuerza y la rabia, cambió algo en la atmósfera, como que algo se limpió. Al escribir y recordarlo se me pone aún la piel de gallina.
Y ahora con el tiempo, me doy cuenta de que pudo pasar porque ellos confiaron y nos permitieron crear ese círculo sagrado para que saliera a la luz lo que tenía que emerger. 
Salí de los talleres muy inspirada, muy cansada del arroz y de las mosquiteras con agujeros y feliz de haber encontrado una manera de relacionarme con organizaciones del sur, que me nutre más. Aquí ya no son “beneficiarios” de un proyecto, sino que somos cocreadores de espacios que posibilitan el ver-nos y el sostener-nos. Nada menos.

También soy consciente de que un taller, por transformador que sea, tiene un impacto limitado. Creo cada vez más en la importancia de tener sistemas dentro de las organizaciones que creen las condiciones sostenibles para el cambio hacia una cultura de la colaboración: espacios de transformación de conflictos, de feedback, de toma de decisiones. Y ahí veo con claridad que la CNV, junto con otras herramientas de facilitación de grupos, tiene mucho que aportar. En el mundo de las ONGs también lo necesitamos, y mucho, ya que lo que yo he vivido es que trabajamos por la defensa de los derechos humanos y sin embargo a nivel interno no tenemos mucha conciencia de las relaciones de poder que establecemos ni a qué santa acudir cuando llegan los conflictos. Y esto tiene un impacto en los proyectos y en las personas para las cuales trabajamos.
Y sí, tanto agradecimiento a las y los activistas de allí que se juegan mucho y gracias a los cuales he aprendido que tenemos muchos aliad@s también en el sur y que tras la madera que compramos en Europa se puede esconder una historia de opresión. También a Helen, Amalasiri, Miki, Verène, Noe y al camino del elder por el apoyo y la inspiración. A David por su confianza contagiosa en el fluir del grupo. Y me doy cuenta de que tengo muuucha motivación por seguir buscando maneras de apoyar este cambio en las organizaciones y personas que trabajan por el cambio social. Me emociona esto que decía B. Fuller: “Nunca se cambian las cosas luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, contruye un nuevo modelo que convierta el modelo existente en obsoleto”. Pues para mí, ese nuevo modelo pasa también por construir alianzas con el sur global y por ganar conciencia del uso que hacemos de nuestro poder en nuestros países, grupos y relaciones. En eso estoy.

Si te apetece, estaré encantada de recibir feedback (¿qué te llega? ¿qué compartes y qué no?) a mi mail glepetit33@gmail.com

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